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Arquitectura, anatomía de individuos bajo el agua 2/8

II. ¿Cuáles son los mecanismos individuales que nos mantienen en esta situación intolerable? Advertencia: este texto pone palabras a una situación c...

36 min de lectura
Arquitectura, anatomía de individuos bajo el agua 2/8

II. ¿Cuáles son los mecanismos individuales que nos mantienen en esta situación intolerable?

Advertencia: este texto pone palabras a una situación crítica; puede hacer un poco de daño en momentos. Léelo a tu ritmo — o no lo leas.
El texto es largo: ¡también puedes escucharlo en podcast!

_Diagrama de progresión del pensamiento y enlaces a los correos anteriores: _1 ,2 ,3a ,3b ,4a — y el texto actual:4.b

¡Muchas gracias a Thomas por su lectura crítica y exigente! <3


Recapitulación

Como vimos anteriormente[1], navegamos en una profesión estructuralmente bajo el agua (escala M). Veremos ahora cómo estos problemas estructurales se alojan individualmente en nosotros (escala S) — antes de ampliar más adelante hacia un diagnóstico de la policrisis y una vía de renovación social para nuestra profesión (escala XL).

El resumen de la parte anterior (escala M) mostraba que:

Nuestra profesión no va mal “por azar”. Es asfixiada por un mercado inestable y una creciente complejidad, hundiéndonos cada vez más la cabeza bajo el agua.
Atrapados en una industria monopolio del hormigón-rey — bloqueada por normas y orientaciones políticas, bien aceitada en sus lógicas de mercado neocoloniales. En este contexto, el cambio se vuelve complejo, costoso, arriesgado, y por tanto raro. Y mientras nuestra profesión produce un valor que irriga todo un sector de la economía (el BTP), absorbemos, en una ecuación injusta, la carga mental, jurídica y relacional — la mayoría de las veces aislados, mal representados, atomizados — en situaciones precarias. Nos deterioramos en silencio al servicio de un sistema que destruye lo vivo, cada uno en su rincón. Y mientras tanto, todo se agrieta.

Lo más difícil queda por entender: ¿por qué, a pesar de todo eso, seguimos?
¿Qué nos hace quedarnos, aceptar, justificar, racionalizar — y cómo nos descondicionamos para aprender a actuar juntos?

El sistema no se sostiene solo por la coacción. Se sostiene también porque nos seduce.


II. ¿Cuáles son los mecanismos individuales que nos mantienen en esta situación intolerable?

Más allá de los síntomas: las raíces de nuestra parálisis — escala S — individual

La crisis de nuestra profesión resulta de mecanismos profundos, entrelazados, que producen estados ordinarios de coacción sobre los individuos — dificultando el hecho de poner rumbo hacia nuevas prácticas.

¿Cuáles son esos mecanismos individuales que nos mantienen en vínculos y relaciones malsanas con nuestro trabajo?

Proponemos ver estos mecanismos bajo cuatro categorías (íntima, simbólica, social, organización del trabajo) — cuatro maneras en que un problema estructural se miniaturiza dentro de nosotros:

  • A (íntima/hábitos): Lo que pasa por el apego y el cuerpo — y lo que el oficio fabrica en nosotros.
  • B (simbólica/estatus/reconocimiento): mecanismos que se sostienen mediante recompensas sociales (prestigio, legitimidad) — y que orientan nuestras elecciones sin haberlo decidido realmente.
  • C (condicionamientos sociales): es la capa de condicionamientos que hace que todo lo demás parezca “normal” — fabrica reflejos, umbrales de tolerancia a la injusticia ordinaria, nuestras maneras de individualizar problemas estructurales.
  • D (economía y organización del trabajo): es el suelo material: tesorería, plazos, inercias, costes irrecuperables — la materia que bloquea factualmente el cambio.

Propongo recorrerlos deliberadamente en este orden: primero lo que se siente (íntimo), luego lo que recompensa (simbólico), después la capa analítica de nuestros condicionamientos sociales (lo que hace que el resto sea ordinario), y finalmente la máquina que lo bloquea todo (economía/organización).

Nota: recuerdo que este texto está abierto a la crítica, a las aportaciones. Con toda seguridad le faltan numerosos mecanismos por describir; aquí solo existen los que he estudiado hasta ahora. Alimentemos juntos esta reflexión para nombrar lo real con autenticidad y claridad — el primer paso para poder recuperar el control sobre nuestras situaciones. (Ver modalidades de participación al final del texto)


A) Mecanismos íntimos y hábitos del oficio

Los mecanismos que actúan a través del apego, el deseo de hacer bien el trabajo, el miedo, el cuerpo — lo que nos hace quedarnos incluso cuando la razón dice que no. Incluimos también efectos “cognitivos” del oficio (duda, dispersión, parálisis): se viven individualmente, pero son producidos por las condiciones profesionales.

1) Los aspectos positivos que nos hacen quedarnos

Como en toda relación difícil en la que uno permanece a pesar del sufrimiento, hay aspectos positivos que nos hacen quedarnos en el oficio. Cada uno tiene sus propias razones, íntimas. Aquí está la mía:

Entendí por qué me quedaba el día en que vi habitado el primer piso de mi primer proyecto. Más de dos años después del inicio de mi práctica independiente, sentí por fin en mi cuerpo la utilidad de mi trabajo. Una especie de recompensa diferida, sutil pero bien presente; una especie de “sonrisa” de un espacio renovado, pensado hasta el detalle, contando en muchos rincones las anécdotas (más o menos visibles) de sus imprevistos aventureros. Un resultado que mostraba dónde me había peleado en las negociaciones, la satisfacción donde sabía que el plano estaba bien asentado. Pidiendo también perdón al espacio por los lugares donde había cedido, rememorando los sudores fríos y las arduas conversaciones. Y cuánta paciencia, cuánta constancia, para mantener el marco y encontrar soluciones. Pero al final, salió. No perfecto, pero hecho. ¡Uf!

Me dije que este trabajo es tan complicado que no envidiaría a quien lo hubiera hecho en mi lugar. Tendría mi respeto. En ese momento me sentí útil, en mi sitio. ¡Qué gratificante fue!

Me encanta esta profesión que me hace vivir intensamente: el dibujo, el espacio, la materia, las personas, la obra, la rara alegría de un espacio justo — y esta pasión por lo vivo y los organismos-metabolismos de nuestros edificios y ciudades.

Pero en algún lugar también odio un poco este trabajo — sobre todo a causa de las condiciones en las que lo ejerzo.

2) La “profesión-pasión” precaria

Nuestro papel de director de orquesta impone importantes responsabilidades: coordinación difusa, arbitrajes permanentes, micro-rescates, y mucho trabajo “en la sombra”, fuera del encuadre formal.

El problema no es solo “los ingresos”. Es el conjunto: inestabilidad, infrafacturación, carga mental, riesgos jurídicos, disponibilidad permanente, soledad ante los conflictos — y, al final, un cuerpo que encaja los golpes. La precariedad se convierte en un marco de vida.

En este contexto, la “profesión-pasión” se convierte en una trampa: acabamos confundiendo vocación y sacrificio. Pedir el precio justo, poner límites, rechazar lo indecente… se parece a una traición. Así que damos más: más tiempo, más atención, más responsabilidad — sin que el sistema compense ese exceso.

Algunas referencias dan un orden de magnitud: (ACE 2024)[2]; en Francia, facturamos de media apenas la mitad de nuestras horas; y una parte importante de la profesión vive por debajo de umbrales de ingresos muy bajos (Archigraphie 2024-2026) [3]. Añadamos que la precariedad es un factor mayor de degradación de la salud mental y física (DREES, 2020)[4].

La pasión, de acuerdo. Pero el respeto a uno mismo viene primero — y amar no justifica deteriorarse.

¿Y si nos hacíamos la pregunta desde el sitio correcto: qué amamos realmente de este trabajo — hasta el punto de quedarnos — y qué nos negamos a seguir pagando?

3) El motor crítico deslegitimador

La principal herramienta de nuestra profesión es intelectual. Es la mirada y la metodología crítica, que nos permiten analizar, jerarquizar, comparar, confrontar — en suma, establecer lo que es verdadero. Una herramienta de claridad y navegación indispensable para desenredar las innumerables situaciones complejas del cotidiano. Preciosa en una época caótica.

Sin embargo, el precio a pagar puede ser alto: esta agudeza instala una duda permanente, dificultades para elegir y actuar, y con frecuencia una pérdida de legitimidad.

Hay aquí una trampa cognitiva bastante documentada (efecto Dunning-Kruger): la confianza no está correlacionada con la competencia. Cuanto menos se sabe, más se afirma; cuanto más se sabe, más se ven los puntos ciegos — y más se duda. Esta facultad crítica genera una brecha entre el conocimiento y la acción: vemos, comprendemos… y a menudo nos quedamos paralizados.

En nuestro trabajo, eso se traduce de manera muy concreta: somos críticos, lúcidos, pero resignados. Faltándonos confianza y organización, minimizamos nuestras capacidades, no nos atrevemos a facturar al precio justo, lo absorbemos todo en los numerosos cruces de un proyecto — a costa de nuestra salud. Estamos bajo el agua, aislados, frágiles — socializados así, sin apoyos (psico y socio) y sin los marcos adaptados para que este exigente motor crítico pueda florecer.

En un sistema donde se cargan muchas responsabilidades y donde vivimos en el cuerpo el coste de la complejidad, la duda se convierte fácilmente en una estrategia de supervivencia: uno se repliega, critica entre sí, espera a haberlo “entendido todo” antes de hablar.

Sin embargo, ese repliegue tiene un coste político: mientras guardamos silencio, otros escriben la partitura — con lógicas económicas y cuantitativas que no son suficientes para hacer sociedad.

No necesitamos ser perfectos. Solo necesitamos ser audibles.
La pregunta real quizás no es “¿soy legítimo para hablar?”, sino: “¿qué me impide hablar, incluso de forma imperfecta?“

4) El generalista disperso

Si el espíritu crítico es tan central en nuestra profesión, es porque la arquitectura es un oficio de ensamblaje: hay que entender un poco de todo, poner orden, jerarquizar, arbitrar.

El aprendizaje es permanente — y con él, la duda.

Esta polivalencia de nuestras competencias es indispensable para la adaptación, pero tiene su contrapartida: en un mundo organizado por especialistas (y a menudo en silos), nuestro trabajo transversal se lee mal. Vemos amplio, sostenemos varias variables y escalas a la vez — por lo que tardamos más en converger: decidir, formular una síntesis breve, hacer legibles nuestros arbitrajes. Y cuando queremos ser precisos, lleva tiempo. Resultado: nuestra voz circula poco, y nuestras competencias permanecen a menudo implícitas en el debate público, como señala el informe de la Asamblea Nacional (2014) [5].

La trampa, entonces, es compararse con los especialistas en su propio terreno. Ellos optimizan una variable; nosotros arbitramos varias. Nuestro valor no es ser expertos en todo, sino hacer habitable y comprensible la complejidad: tender puentes, extraer lo esencial, poner de acuerdo expertises que no se hablan entre sí.

Nuestra diferencia — ese pensamiento capaz de conectar — es preciosa para reconfigurar un mundo fragmentado, especializado, organizado en silos, tan poco eficiente. Pero ¿cómo ejercerla sin agotarse? ¿Cómo convertir una visión de conjunto en decisiones claras — sin sacrificar el matiz?


B) Los mecanismos de reconocimiento social

Son los mecanismos que se sostienen mediante recompensas sociales (como el prestigio, la legitimidad) — y que orientan nuestras elecciones sin haberlo decidido realmente.

1) Archistar: ¿el modelo dominante de la profesión?

Como seres sociales, necesitamos modelos. No solo para inspirarnos: para saber a qué se parece un éxito “legítimo”. Para reducir la incertidumbre, dar asideros a nuestras identidades, sentirnos parte de algo. El problema es que estas brújulas simbólicas también están cargadas de normas incorporadas: orientan nuestros deseos, nuestros gestos, nuestro lenguaje — y hacen invisibles otras maneras de existir en el oficio.

En la arquitectura, el modelo más valorado sigue siendo el de la firma y la distinción individuales: el archistar (o sus variantes). Esta cultura alimenta el aislamiento y la competición entre colegas, en nombre de la “creatividad”, mientras una homogeneidad estética atraviesa la producción dominante. (Molina, 2015) [6]

Este culto a los modelos es una máquina práctica de reproducción social: en nombre del “éxito”, la explotación se vuelve deseable (noches en blanco, precariedad, silencio), se naturaliza una jerarquía (una minoría que brilla, una masa que es explotada), y se rompen las solidaridades — exactamente donde serían vitales.

Entonces la pregunta no es solo: “¿a quién admiramos?”
Es: ¿las figuras a las que hemos estado expuestos (en las escuelas, en los estudios, en los medios) dibujan un modo de vida deseable a largo plazo, compatible con nuestros cuerpos, nuestros vínculos, nuestros proyectos de vida?

Y a la inversa: ¿qué contramodelos deseables existen ya — cuáles son las prácticas socialmente útiles, sostenibles, capaces de construir lo común sin agotarse? ¡Elijamos nuevos modelos — o inventémoslos!

Porque el reconocimiento estético, solo, resulta frágil cuando el oficio asfixia a los individuos. Y mientras sigamos prisioneros de esos códigos, seguiremos llamando “creatividad” a lo que con demasiada frecuencia se parece a un adiestramiento organizado.

2) La búsqueda permanente de utilidad social

La práctica de la arquitectura — un arte del ensamblaje, en la intersección de las disciplinas — está en permanente recomposición a lo largo de los tiempos, adaptándose a lo que conecta. Podríamos navegar por la historia de la arquitectura para deducir, época a época, la relación histórica del arquitecto con el poder, (como hace hábilmente JL Cohen en su curso del Collège de France [7]).

También podemos afirmar que nuestro oficio no es solo un servicio: es una función social. Una vocación de interés general, pues lo que edificamos establece relaciones sociales — lo que exige interrogarse permanentemente sobre nuestro papel, nuestra contribución a lo común, diferente en cada época y contexto. Si históricamente estamos más a menudo al servicio del poder dominante, existen numerosos contraejemplos de propuestas disruptivas y generativas por parte de los arquitectos. (Belabed & Tura, 2023) [8]

Entonces, si nuestra disciplina posee tanto la capacidad de perpetuar los sistemas de valores hegemónicos como la de proponer nuevos órdenes, ¿al servicio de qué queremos trabajar?

  • ¿Apoyar a los poderosos que explotan a los débiles, homogenizan las culturas, destruyen nuestros entornos?
  • ¿O apoyar la emancipación de los individuos y las comunidades para vivir en inteligencia con su entorno?
    Lo más vertiginoso quizás no es cultivar esta interrogación crítica SOLO — es no hacerla en absoluto.

La “búsqueda de utilidad social” puede ser real en los hechos (y en sus efectos reales sobre vidas), pero también puede convertirse en un relato consolador — una manera de sentirse del lado correcto, una especie de “sense”-washing, mientras se carece de agarre sobre las reglas del juego, y se sigue una lógica de explotación de lo vivo y de los individuos a pesar de las buenas intenciones. Una manera de compensar la impotencia política con una virtud moral.

3) Las sirenas del poder y del reconocimiento

La búsqueda permanente de utilidad social conlleva una paradoja: el peso de una responsabilidad colectiva confrontada con nuestros valores individuales. Pues somos, como cuerpo profesional, intermediarios históricos del poder — situados entre el martillo y el yunque — guardianes de una complejidad técnica, administrativa y jurídica que debemos defender, bajo amenaza de consecuencias que pueden llegar a veces hasta el encarcelamiento.

Sin embargo, para la inmensa mayoría de nosotros, esta responsabilidad y deontología común dejan poco espacio al individuo: sus valores, sus convicciones, sus elecciones. En un mercado de la construcción que se contrae, se hace casi imposible elegir a qué poder se sirve, en un sistema capitalista todopoderoso, con márgenes estrechos. Es muy probable que por defecto — a menudo a pesar de nosotros — hagamos el juego de los dominantes. Como La Boétie había visto ya: “El tirano tiraniza gracias a una cascada de pequeños tiranos, tiranizados sin duda pero tiranizando a su vez.”

Así que nosotros — los pequeños tiranos intermediarios — sí tenemos un poder.

Y si ejercemos un poder (el del experto-prescriptor, una autoridad social), recordemos que es solo un poder prestado — y por tanto un poder que obliga.
Obliga a proteger (al público, a los usuarios, la calidad de uso cuando la técnica quiere aplastarlo todo), a abrir (las puertas de una red, de un jurado, de un encargo a quienes nunca acceden), a redistribuir (tiempo, visibilidad, márgenes, saberes — a veces simplemente la palabra), y a rechazar las pequeñas cobardías ordinarias (el dumping “para conseguir la misión”, el silencio en las reuniones, la componenda disfrazada de pragmatismo).

Cada uno hace lo que puede, por supuesto — y el ideal puede ser otra forma de tiranía. Sin embargo, lo que quiero decir es delicado: si no nos preguntamos para qué sirve socialmente lo que construimos, ponemos nuestra inteligencia al servicio de una espacialidad estetizante sin finalidad común. En ese caso, nos convertimos — a pesar nuestro — en auxiliares de la opresión sistémica de un sistema que aplasta lo vivo, constriñe a las clases “inferiores” e hipoteca nuestro futuro.

El poder se vuelve peligroso cuando se hace reflejo, cuando es “neutro”, técnico y “apolítico”: lo ejercemos sin mirar lo que produce socialmente. Mientras paradójicamente creemos que somos impotentes para contribuir — e incluso para ser fuerza de propuesta — para la cosa común.


Lo que llamamos “simbólico” (el prestigio, la firma, el reconocimiento) es una máquina de selección social. Los códigos del “buen proyecto”, la manera de hablar, de escribir, de estar en un jurado, de nombrar el mundo — nada de eso es neutro. Recompensa ciertas socializaciones, y penaliza otras.
En otras palabras: lo simbólico es un mecanismo de clase y de condicionamientos sociales que no dice su nombre. Y por eso lo que sigue no es “un capítulo más”, sino la capa que hace que todo lo citado aquí parezca… ordinario, banal e invisible.


C) Nuestros condicionamientos sociales

Es la capa de condicionamientos de clase social que hace que todo lo demás parezca “normal” — fabrica reflejos, umbrales de tolerancia a la injusticia ordinaria, nuestras maneras de individualizar problemas estructurales.

1) Ventajas y privilegios

Hay que sostener dos cosas verdaderas a la vez.

Por un lado, una precarización material muy concreta: ingresos inestables, competencia a la baja, responsabilidades desproporcionadas, fatiga crónica. Por otro, incluso cuando nos cuesta económicamente, podemos cargar privilegios menos visibles: nivel de estudios, dominio de los códigos institucionales, red de contactos, capital cultural — todo lo que hace que ciertas puertas sean más fáciles de empujar, y ciertos relatos más “audibles” que otros. (Rose Lamy, 2025) [9]

Se puede ser económicamente frágil y socialmente privilegiado en otros ejes — y a la inversa. La “rueda de los privilegios” ayuda a verlo sin engañarse: obliga a mirar la intersección entre los ejes (clase, género, raza, salud, discapacidad, nacionalidad, capital cultural…), en lugar de reducir la posición social a una sola variable.

Y sobre todo: no sirve para juzgarse, sirve para comprender cómo estamos condicionados.

Porque un privilegio no es solo un “bonus”: es también una socialización. Abre accesos, pero también enseña lo que es “presentable”, “razonable”, “profesional”. Fabrica reflejos: lo que nos atrevemos a decir, lo que nos permitimos pedir, lo que preferimos callar para mantenernos dentro de los códigos.

En nuestro oficio, el privilegio central es el capital cultural: el gusto, las referencias, la manera de hablar, de presentar un proyecto, de estar en un jurado. Un pasaporte invisible, que no se ve como un privilegio — pero bastante necesario para pertenecer al medio.

2) La trampa central: la interiorización de los problemas

Cuando uno viene de un mundo donde le han enseñado a “triunfar”, también aprende a hacerse responsable de todo: si sufro, es que no he trabajado suficiente, no he optimizado suficiente, no lo he “gestionado” bien. El sufrimiento se convierte en un defecto individual a corregir mediante más disciplina, más rendimiento, más desarrollo personal. (Teste, 2023) [10]

Las críticas decoloniales (y afrofeministas) del autocuidado no dicen solo: “las estrategias individuales no son suficientes”. Señalan un desplazamiento más violento: una táctica de cuidado nacida en luchas que fue capturada, blanqueada, mercantilizada — y devuelta a los individuos como una obligación de “gestionar bien” lo que las estructuras deterioran. En lugar de abrir poder colectivo, puede cerrar el sufrimiento de nuevo en la esfera privada. De ahí el desplazamiento hacia el cuidado comunitario: menos “repararse solo”, más infraestructuras de cuidado y ayuda mutua. (Meleo-Spurgas, 2023) [11]

La trampa es que el sufrimiento ya hace sentir soledad — y por tanto aumenta la tentación de conformarse para no quedar aún más aislado. Y el aislamiento es políticamente útil al sistema: cada uno se cuida en su rincón, cada uno “se arregla”, nadie mutualiza, nadie transforma las reglas del juego. El poder necesita cuerpos tristes para dominar, decía Deleuze.

El aislamiento no es un accidente — es una estructura cultural y social.

3) El condicionamiento escolar: competición y aislamiento aprendidos

Nuestras escuelas (y no solo las de arquitectura) están atravesadas por una lógica de selección que recompensa la conformidad: producir en el formato correcto, al ritmo correcto, en el lenguaje correcto, bajo presión.

Albert Jacquard lo decía crudamente: si “ser el mejor” se convierte en el motor, se selecciona sobre todo a los más conformistas — los que saben dedicar su inteligencia a lo que se espera de ellos, aunque les dañe o no sirva a la sociedad.

La competición, unida a la cultura de trabajar sin descanso, se vende como motor de excelencia. Pero también fabrica un reflejo: ver al otro como obstáculo, la cooperación como debilidad, lo colectivo como un lujo. Y cuando ese reflejo se prolonga en la profesión (a través de los modelos de starchitects, el culto a la distinción, la competencia), se combina perfectamente con nuestras inseguridades materiales: nos agotamos, pero seguimos, porque ya no sabemos muy bien cómo existir fuera de esos códigos.

4) Deconstrucción: no un lujo moral, sino una condición de salida

No elegimos nuestros condicionamientos; pero sí podemos elegir qué hacemos con ellos. Y “deconstruir” no significa darse una fachada un poco más limpia con buenas intenciones: es ir a ver la estructura que trabaja por debajo — esos reflejos incorporados (los de la competición, la sobrecompetencia, la necesidad de validación, el miedo a perder el sitio, la falta de legitimidad) — todos esos elementos que nos vuelven dóciles, aislados, e inofensivos… aunque tengamos razón.

El trabajo desborda largamente “el oficio”: familia, clase, traumas, relación con el conflicto, con el dinero, identidad, género, cuidado, cooperación… todo se sostiene — todo está interrelacionado. Mientras no toquemos el fondo, reescenificamos la misma escena en nuevos decorados, al infinito. La ternura, aquí, no es minimizar la realidad: es hacer un diagnóstico lúcido, decir lo que es sin condenarse.

Y “hacer cuerpo juntos” no es una fórmula afectuosa: es una cuestión de estructura. Porque la salida no se hace solo: nadie atraviesa este cambio por una mejora individual. Se hace por una cultura común, y por micro-infraestructuras — marcos, apoyos, solidaridades, espacios, ritmos — que hacen que la bifurcación sea respirable, compartible, transmisible. Y simplemente, posible.

Se hace con vínculos capaces de sostener lo real, el conflicto, la vulnerabilidad, y con suficiente concreción para que nuestras ideas dejen de ser intenciones y se conviertan en suelo.

La deconstrucción no es una moral: es un proceso de renovación y de transformación individual y colectiva.


D) Los bloqueos económicos y la organización del trabajo

Es el suelo material: tesorería, plazos, inercias, costes irrecuperables — la materia que bloquea factualmente el cambio.

1) La alienación ordinaria

A pesar de nuestra clarividencia crítica y de todas nuestras competencias, nuestros cuerpos sufren una limitación más subterránea: la alienación del trabajo. Ya sea asalariado o liberal, hay que vender el tiempo para pagar el alquiler, sostener la tesorería, apoyar a los cercanos. Nuestros compromisos de vida nos ligan a nuestros oficios con más seguridad que nuestro amor por ellos.

Marx es útil aquí porque nombra un mecanismo banal de sumisión.
Cuando tu supervivencia depende de vender tu tiempo, puedes “elegir”, pero dentro de un corredor estrecho. Y ese corredor fabrica una docilidad práctica: aceptamos lo que sabemos que es malo, porque la alternativa inmediata es el vacío — y más precariedad.

En nuestros oficios, la alienación tiene una forma muy concreta: el hecho de que cargamos responsabilidades, pero no controlamos ni la demanda (clientes, mercado), tenemos poco agarre sobre el ritmo y los plazos, y no tenemos los medios de captar el valor que el proyecto produce. No estamos solo “cansados”. Estamos atrapados por un sistema. No es una falta de voluntad. Es una dependencia material que nos ata.

2) La captura de valor

La profesión liberal vive una paradoja: oficialmente autónoma; en realidad, dependiente de un flujo de dinero inestable, de pagos tardíos, de horas no facturadas, de riesgos jurídicos. Aprendemos rápido a “absorber”: absorber la carga mental, los imprevistos, las tensiones, las micro-negociaciones, los correos, los seguimientos, la pedagogía — absorber los errores de los demás — porque si no lo haces, el proyecto se rompe.

Y mientras absorbemos, el valor circula. Irriga al BTP, a las empresas, a los bancos, a las plataformas, a las aseguradoras, a los promotores, a los vendedores de energía, a los ingenieros… y aunque sostengamos la interfaz, a menudo con un margen frágil, cargamos el riesgo. Mientras otros captan la renta.

3) Bifurcar, o los costes irrecuperables

Hay otra cadena, más discreta: la duración. Los proyectos duran meses, a veces años. Uno se apega, se endeuda emocionalmente, construye una reputación, una clientela, una confianza local. Romper significa a veces tirar años de prospección, de saber-hacer, de inversión, de trabajo — y eso puede doler aún más que quedarse en unas condiciones que empujan a la ruptura.

Es lo que la economía llama “costes irrecuperables”. Y lo que el cuerpo llama “ya he dado demasiado para soltarlo ahora”.

¿Bifurcamos porque nos rompemos?


Conclusión

Lo que nos mantiene la cabeza bajo el agua no es un defecto individual. Es un nudo apretado, estructural, que se despliega sobre los individuos.

Nos quedamos porque amamos: los espacios, las personas, la materia, la rara alegría de un lugar bien pensado.
Nos quedamos porque esperamos: reconocimiento, legitimidad, utilidad social.
Nos quedamos porque nos han formado: para aguantar, rendir, rivalizar, y callarnos.
Nos quedamos porque dependemos: de la tesorería, la reputación, los costes irrecuperables, una subsistencia que asegurar.

Entonces la pregunta no es “¿hay que quedarse o irse y bifurcar?”.
La pregunta es: ¿por dónde empezar a aflojar este nudo — y añadiría: juntos?

Sin duda no por el heroísmo individual.
Por infraestructuras comunitarias.
Ciertamente no por imposiciones. Sino por apoyos mutuos.
No por una pureza perfeccionista. Sino sin ninguna duda por pequeños anclajes sucesivos — que conviene celebrar, por pequeños que sean.

Y luego está la paradoja que me anima a emprender todos estos escritos: ya hemos producido, durante los estudios, algunos de nuestros trabajos más audaces, y sin embargo dejamos que nuestras contribuciones al debate público mueran en nuestros archivos — ¿y con ellas también las esperanzas de cambiar nuestra condición?

Nuestros trabajos de fin de carrera, nuestras investigaciones, nuestros trabajos, nuestros relatos — aunque imperfectos — son a menudo prototipos de salidas: ensayos y propuestas de reordenación de lo real. Y estas exigentes investigaciones, llevadas a cabo con recursos, tiempo, una calidad de acompañamiento, una libertad relativa y un compromiso, tienen una calidad que ya no tenemos — o tan poco — después en nuestra profesión.

Mientras que podrían ser brújulas: no respuestas absolutas, sino asideros. Puntos de apoyo para clarificar nuestras trayectorias, recuperar la congruencia, construir alianzas, y reabrir los posibles.

Tejamos juntos estos posibles. ¡Tenemos tanto que ganar!


A continuación: analicemos de manera transversal la situación social actual (escala XL), para proponer posteriormente vías para recuperar el control; para reanudar el papel social de nuestra profesión.

¿Y si hubiera algo mejor que hacer con nuestras competencias?
¿Y si, en estas condiciones, hubiera tan pocas razones para aguantar en condiciones que nos desgastan?

Quizás la arquitectura, en el fondo, no es solo una producción de objetos: es una disciplina de transversalidad. Una capacidad de desenredar la complejidad, reagrupar elementos dispersos, hacer habitables futuros posibles.
Si eso es cierto, entonces nuestra crisis no es solo profesional: es política. Y nuestra salida no será individual.

Planteemos una hipótesis — la de que somos, en el fondo, practicantes del reordenamiento: que tenemos entre nuestras competencias la de ayudar a diagnosticar, conectar y reconfigurar infraestructuras sociales enfermas.


Invitación a participar en este texto

¿Este texto te ha tocado? ¿Para bien o para mal? ¡Reacciona! Te pertenece. Nos pertenece a todos. Para que nuestras voces lleguen, y sean escuchadas. Para que estas opresiones colectivas ordinarias dejen de aplastar a los individuos en el silencio de la soledad. Tomemos colectivamente la palabra sobre este tema. Actuemos. Con la convicción de que no hay otras ayudas que esperar que la nuestra propia, y la de nuestros pares. De que tenemos derecho a aspirar a mucho más, para nosotros y para los demás.

  1. Videoconferencia: propongo una cita de 1h30 el martes 3 de febrero, a las 19h. Enlace de Google Calendar y enlace de la videoconferencia. Facilitado por mí, en un ambiente convivial y seguro, donde tus testimonios, resonancias, reflexiones y críticas son más que bienvenidos. Me comprometo a respetar el tiempo y ofrecer el espacio.
  2. Por escrito: puedes añadir comentarios, completar, matizar, criticar directamente en el texto. O responder directamente a este correo de forma más rápida.
  3. Por mensaje de voz: reacciona con un audio en este chatbot de Telegram que transcribirá tus palabras. No usa IA, funciona en local en mi servidor y consume poca energía. Necesitas descargar la app — ¿una buena ocasión para dejar WhatsApp-Facebook? ;)

¡Hasta dentro de un mes para el próximo texto!

(Me permitiré un pequeño recordatorio por correo para la videoconferencia el domingo 1 de febrero)

Gracias por tu lectura atenta — es mucho <3


Nota: fuimos 6 en hacer una lectura colectiva del texto anterior, escala M (09/12/2025). ¡Gracias! Aquí están las notas escritas y el resumen en audio .


Entre bastidores:

Quiero compartir el backstage detrás de este trabajo, porque creo que la transparencia y la vulnerabilidad son los fundamentos de los vínculos auténticos, con una perspectiva también de colaboración en algún momento * wink wink * ;)
En esta parte, contravejo un poco la escritura académica, y quizás eso pueda parecer impúdico? haha

Uf — La escritura de este texto fue un poco complicada. ¡Me alegra que haya salido! Las razones son:

En cuanto al tiempo; las fiestas de fin de año, la vuelta, mucho trabajo; no fue fácil encontrar tiempo de calidad para llegar al final de este texto, así que lo encuentro un poco inmaduro.
Intelectualmente; no pude empujar estas investigaciones con la exigencia que requiere según yo este tema, ni hacerme releer tanto como hubiera deseado (por falta de tiempo). El resultado es que es largo sin ser tan impactante y claro. Y que la densidad/interés de las partes es bastante desigual según yo. Me noté desconectar en algunos momentos al leerlo.
Emocionalmente; es un texto escrito desde un punto de vista único — aunque nutrido de numerosas conversaciones, debates en OFQA desde casi 3 años, muchas lecturas e introspección. Pero me cuestiono sobre la pertinencia y legitimidad de un individuo para hablar de la diversidad de nuestras experiencias individuales. Aspiro a escribir a varias manos, a que este texto sea deconstruido, cuestionado de nuevo, reconfigurado — reapropriado por otros.

Si voy al fondo de esta desnudez, debo admitir también, sin estar muy orgulloso de ello, que específicamente para este texto que me hizo dudar mucho, mi mejor aliado fue una inteligencia artificial. Fue una compañera de reflexión crítica, de discusión, de ayuda a la relectura y asistente en la reformulación de ideas complejas de ciertos pasajes. Se nota su huella en ciertas construcciones de frases que encuentro aún un poco complicadas, con bastantes redundancias en el texto.

No es perfecto, pero para ser coherente con lo que digo, que es un desafío para mí aceptar bajar mi exigencia, y que es mejor ser imperfecto y audible que un perfeccionista silencioso — especialmente porque me quedan aún muchos textos por enviar. Me voy mejorando en el camino me digo :)

Gracias por estar aquí <3
Con gran alegría de leer vuestras respuestas, de intercambiar con vosotros durante la lectura colectiva.

Referencias

[1]: Nény, Jules. « Anatomie d’une profession sous l’eau ». trans-former.fr, 30 nov. 2025. Article : https://www.trans-former.fr/aep-em3-p1/
[2]: Architects’ Council of Europe (ACE) ; Mirza & Nacey Research Ltd. The Architectural Profession in Europe — 2024 Sector Study. ACE, avril 2025. PDF (EN) : https://www.ace-cae.eu/wp-content/uploads/2025/04/2024-ACE-Sector-Study-EN-04042025.pdf
[3]: Conseil national de l’Ordre des architectes (CNOA). Archigraphie 2024-2026 (observatoire démographique et économique de la profession). Ressource : https://www.architectes.org/publications/archigraphie-2016-1834
[4]: Leroux, Isabelle ; Morin, Thomas. « Facteurs de risque des épisodes dépressifs en population générale ». Études et Résultats , n°545, DREES, 1er décembre 2006. PDF : https://drees.solidarites-sante.gouv.fr/sites/default/files/2020-10/er545.pdf
[5]: Assemblée nationale (France). Rapport d’information sur la création architecturale (n°2070, déposé le 2 juillet 2014), prés.-rapporteur : Patrick Bloche. Notice : https://www.assemblee-nationale.fr/14/rap-info/i2070.asp
[6]: Molina, Géraldine. « Distinction et conformisme des architectes-urbanistes du “star system” ». Métropolitiques , 18 juin 2014. Article : https://metropolitiques.eu/Distinction-et-conformisme-des-architectes-urbanistes-du-star-system.html
[7]: Cohen, Jean-Louis. « Architecture des pouvoirs et pouvoir des architectes » (cours : L’architecture, vecteur du politique). Collège de France (année 2017–2018). Page : https://www.college-de-france.fr/fr/agenda/cours/architecture-vecteur-du-politique/architecture-des-pouvoirs-et-pouvoir-des-architectes
[8]: Belabed, Lisa ; Young Tura, Auden. « Les architectes lancent un appel… ». CCA (Canadian Centre for Architecture). Article : https://www.cca.qc.ca/fr/articles/99307/les-architectes-lancent-un-appel
[9]: Lamy, Rose. Ascendant beauf. Éditions du Seuil, 25 avril 2025. Page éditeur : https://www.seuil.com/ouvrage/ascendant-beauf-rose-lamy/9782021596069
[10]: Courbet, Soazic (réal.). « Politiser le bien-être — Rencontre avec Camille Teste ». L’AFFRANCHIE PODCAST , épisode S3E40, 27 juillet 2023. Apple Podcasts : https://podcasts.apple.com/gb/podcast/politiser-le-bien-%C3%AAtre-rencontre-avec-camille-teste/id1539909449?i=1000622467861
[11]: Spurgas, Alyson K. ; Meleo-Erwin, Zoë. Decolonize Self-Care. OR Books, 2023. Page éditeur : https://orbooks.com/catalog/decolonize-self-care/